«Fantasmas que han venido a bailar», la reseña del libro ‘El baile de las locas’, de Victoria Mas

El club de lectura de la Asociación de Mujeres Juezas de España (AMJE) celebró su encuentro mensual este 20 de mayo y, en él, trató el libro El baile de las locas, de Victoria Mas (Le Chesnay-Rocquencourt, Francia, 1984).

Esta es la reseña de nuestro socio Gonzalo Alcoba Gutiérrez:

Dice Rafael Argullol, en su espléndido Breviario de la aurora, que un fantasma es “el único personaje que no abandona jamás el escenario”; esa sombra que ya no necesita ser vista para herir los sentidos, que permanece y se desenvuelve entre los seres sensibles al margen de si tienen o no fe, de si creen o no en ella; esos son los fantasmas a los que invoca en El baile de las locas su autora, Victoria Mas.

El baile de las locas es una novela gigante. Una de esas obras que uno desearía que no acabaran. Es una historia de vivos y muertos, o de vivos con los muertos, de parias, una novela sobre las rémoras morales que hemos ido arrastrando, sobre la deuda que nos han legado; y es también una novela de fantasmas enormemente atractiva, que logra sujetar al lector como un conjuro; un relato impregnado de goticismo y libertad, de creativos juegos del espíritu en los que se confunde la verdad y la ficción, o se despoja a la primera del aura sagrada que le asocia la cultura, para deformarla y desdibujar sus artificiosos contornos. Por eso es también una obra sobre la desintegración, sobre la locura, un estallido del subconsciente. Y es esto lo que hace de ella una hermosa arma feminista, llena de lirismo y rebeldía.

Victoria Mas se vale, para trasladar su mensaje, de la morbosa adición de la burguesía decimonónica a los misterios de la mente en el contexto de una Francia marcada por la audacia literaria. Cuenta la historia de Eugène, una joven visionaria y decidida, que debe pagar su arrogancia con el abandono de su padre, que la interna en el temido sanatorio de Salpetrière; y la indolente complicidad de su ser más querido, su abuela, la única persona que parecía entenderla. A través de los ojos de Eugène, las lectoras penetran en el mundo de las locas, humilladas, expuestas como extraños fenómenos de la casualidad. Sus cuerpos son como páramos deshabitados y malditos a los que la enfermiza curiosidad de la burguesía se aproxima a ritmos controlados para suavizar los rigores de la cuaresma purificadora.

El baile de las locas es una explosión en el rostro de aquella sociedad que resuena aún hoy. Aquellas mujeres denostadas que fueron el reservorio del virus que más teme el patriarcado: la libertad de la mujer -o la histeria, como aún la llaman-. Mas, como una vidente, buena lectora de Kardac, nos trae a sus fantasmas con nombres y apellidos y los pone a bailar entre nosotras. Para que las reconozcamos, para que no las olvidemos. Parecen decirnos, a través de los años: si hay que bailar, bailad, ¡pero bailad como las locas!