Miranda July nos pone en la piel de una artista de cuarenta y seis años, sin nombre, que un día anuncia que va a cruzar Estados Unidos en coche de Los Ángeles a Nueva York. Una especie de huida hacia delante, un road trip para repensarse a sí misma en el ecuador de una vida que ya no le queda tan bien. Pero media hora después de despedirse de su marido y de su hije, sin saber muy bien por qué, tuerce hacia un motel anodino a treinta kilómetros de casa y se queda allí. Lo que iba a ser un viaje se convierte en una parada.
Lo que July cuenta no es una historia de autopistas y horizontes, sino de fisuras: las del cuerpo que envejece sin pedir permiso, las del matrimonio que se va desdibujando despacio, las del deseo que se niega a apagarse. Todo narrado con una voz en primera persona que no se guarda nada, con una crudeza y un humor que pocas veces hemos visto aplicados a la experiencia de las mujeres en la mediana edad.
Habla de la complejidad del deseo femenino, de la maternidad, y sobre todo de la amistad como un hilo que une a las mujeres y que nos sostiene casi sin que nos demos cuenta.
Ese hilo es lo que queda después de leer este libro. La certeza de que hay algo que nos conecta, que nos sostiene, y que muchas veces ni siquiera sabemos nombrar.