PANZA DE BURRO. LO QUE LATE DEBAJO DE LAS NUBES

Durante los meses más tórridos del verano, los vientos alisios cierran el cielo del norte de Tenerife con una pesada pantalla de nubes. Los canarios llaman a ese fenómeno Panza de Burro, porque el color grisáceo de ese techo lanudo les recuerda el pelaje de la cándida bestia.

La joven Andrea Abreu reconstruye en esta obra, su primera novela, el nutrido universo que se desenvuelve al amparo de ese fenómeno, invisible al mundo exterior, sangrante, escatológico, hecho de piel verdadera, de verdaderas sombras, de lágrimas verdaderas. A través de la narración en primera persona de una niña de barrio y su relación con su querida Isora, “tan echadita palante, tan sin miedo”, se dibuja un mundo aparentemente infantil, en que se adivinan las pasiones más salvajes, los temores atávicos, las formas más humanas de la felicidad. La novela, en todo su recorrido, muestra un decidido rechazo hacia las barreras, rompe las cadenas lingüísticas a que los prejuicios atan usualmente a todo lector, lo invitan a penetrar sin remilgos en un mundo de barro y sangre y placer y dolor. Con un lirismo insensato, tierno, ordinario y sagaz, el texto no solo sobrecoge, también logra ofender y provocar el deseo de romper ese velo translúcido y sutil que impide a veces tocar a quienes tenemos delante.

La historia que nos presenta Abreu está construida sobre un material muy común, reconocible; pero, con la habilidad de un García Márquez y la mala baba de un Kenzamburo Oé, logra generar un sistema propio de la vida, una especie de submundo cálido y autosuficiente que nace y muere en el microclima de la falda del volcán, a resguardo de otras miradas; y el espectador, el lector, tiene la sensación de estar observando a través del ojo de la cerradura, esta impresión que uno tiene cuando pone el oído por curiosidad y termina conociendo historias capaces de helarle el corazón.

La novela que reseñamos no busca a cualquier lector, debe advertirse. Hay que estar decidido a abrir todas sus puertas sin miedo a ser descubierto, a doblegar el oído al canturreo dialectal de las islas, a caminar a hurtadillas en el mundo arcano y cruel de la infancia, a despojarse de aquellos miedos que ya creemos olvidados y no lo están; y, al final de todo, a serenarse con la suave dulzura del mar confundido con el cielo, mientras los perros ladran y el sol raja las piedras.

– Gonzalo Alcoba